I Concurso de Relatos - Ganador: "El Regreso"

Solo relatos literarios.

Moderadores: takelu, Alier-mim, Umli

I Concurso de Relatos - Ganador: "El Regreso"

Notapor Umli » Mié Dic 03, 2008 4:17 pm

Relato Ganador "I Concurso de relatos "LEDF". Autor: Alkia

El extraño miró a su alrededor guiñando los ojos a causa del fuerte sol. Chorretones de sudor y mugre le caían de la sudorosa frente. Maldijo en voz queda cuando una gota ácida y salada le entró en un ojo. Soltó la espada para frotárselo, consiguiendo sólo irritárselo aún más. Aún y todo, siguió frotando.
Con un suspiro pesado, volvió a mirar a su alrededor. Las manos en las caderas, la espalda ligeramente encorvada, las piernas temblando a causa del cansancio…
Era increíble, pero todo había terminado.
La última batalla.
La última guerra.
Ya no quedaba nada contra lo que luchar.
Hacía años él mismo se había encargado de terminar con las pocas criaturas mágicas que poblaban el reino. No lo había hecho por odio. Y tampoco por dinero. Al fin y al cabo, podía contar con los dedos de una mano las veces que le habían pagado por acabar con algún bichejo asqueroso. La memoria es frágil cuando uno ya no se acuerda del peligro. La verdad, ahora que lo pensaba, acabar con ellos le había reportado tan poco placer como beneficio. Quizás debería haber elegido otro oficio, pero el de caballero errante tenía tanto glamour a los ojos de los jóvenes…
En cuanto a los ejércitos en guerra, ya nadie se acordaba de por qué había empezado la lucha… probablemente, dos reyes vecinos no se habían puesto de acuerdo a la hora de elegir el mármol para el monumento de algún mago egregio. El caso es que la guerra había durado siglos, o eso le parecía al extraño. Y como suele suceder en estos casos, había logrado implicar a un número ingente de tontos de todos los rincones del mundo. El extraño se había decidido a participar previendo una lucha corta y un rápido beneficio. Primero había luchado en un bando, luego en el otro, y después los había mandado a todos a hacer puñetas. Luego había vuelto, justo al final, como para darle la puntilla a todo aquel estúpido derramamiento de sangre. Y para variar, no había obtenido ningún beneficio… ni siquiera las gracias. Y eso que él solito había acabado con todo un regimiento de inexpertos e imberbes soldaditos de nueva hornada.
Cuando acabó con el último enemigo, sólo sintió no haber podido sentir algo, algo aparte de cansancio y aquel regusto a vino amargo en la boca.
Debería anotar en alguna parte que emborracharse antes de una batalla no era la mejor de las ideas.
Luego pensó que era absurdo. En parte porque no sabía escribir.
Recogió la espada del suelo y pasó los dedos sucios por el desigual filo. Tenía tantas muescas que dentro de poco sólo serviría como perchero, si acaso Elda quería aprovecharla…
Recogió el hatillo con sus escasas pertenencias, se envainó la espada y comenzó a caminar.
Como último saludo al sangriento campo de batalla alzó el dedo corazón de su mano derecha en un gesto más que elocuente.


El extraño siguió caminando hasta que quedaron a la vista los torreones oscuros de un castillo feo a más no poder.
Se sentó en un piedra llena de musgo y sacó un trozo de pan duro del hatillo. Mientras lo mordisqueaba aún a riesgo de perder una muela en el intento, sacó un hato pequeño donde guardaba los souvenirs más extraños que un hombre pueda guardar.
Todos y cada uno de aquellos objetos habían sido extraídos de su cuerpo después de que alguien con ánimo no demasiado amistoso se lo hubiera insertado con esperanza de matarlo.
Una punta de flecha de bordes dentados era lo más normal. Había espinas venenosas, contó hasta seis (regalo de un pez venenoso que se los dejó como regalo de despedida antes de echar las tripas por la boca). La punta de una espada roñosa que brillaba cuando se acercaba un orco u otra criatura igualmente entrañable (regalo de un pequeño hobbit cabrón). Una bala de plata (regalo de un tío que lo confundió con un hombre lobo en una noche oscura. El muy estúpido había olvidado que los hombres lobos salían las noches de luna llena). Unas semillas venenosas, o al menos las que había logrado expulsar... (regalo de una amante despechada). Unas bolas oscuras… el extraño frunció el ceño. No tenía ni idea de lo que eran ni qué pintaban en su particular baúl de los recuerdos.
Ahogó un eructo y arrojó el resto del pan al suelo. Compadecía a los pobres pájaros que intentaran hincarle el diente.
El extraño esbozó una risita socarrona incongruente con la oscura sensación que emanaba.
Cerró su pequeño hato, lo guardó junto con lo poco que aún guardaba como recuerdo de sus aventuras y emprendió camino hacia el castillo.


Chocó con el zagal nada más pisar el patio interior.
No debía de tener más de diez años. Era guapo. E iba limpio. Y llevaba un libro bajo un brazo y una hogaza de pan tierno bajo el otro.
El extraño iba a hablar, pero el rapazuelo se le adelantó.
-¡Mamá, aquí está el tío más guarro que he visto en mi vida!
El extraño parpadeó un par de veces, no tanto por las palabras como por el volumen de voz empleado para pronunciarlas. Juraría que los oídos aún le pitaban…
Una mujer morena, bajita y regordeta, guapa aún, se asomó lo justo para echarle un vistazo.
Sus ojos se entrecerraron un instante y los labios se fruncieron formando un bonito capullo rosa.
Con las manos en las caderas, los ojos desbordando chispas de furia, la mujer avanzó por el patio con un ligero vaivén de caderas, capaz aún de atraer la mirada de todos los hombres en varios metros a la redonda. Desde luego, también atrajo la mirada admirativa del extraño.
La atractiva señora se colocó junto al chiquillo y le colocó una mano protectora en el hombro. El muchacho era alto para su edad. O quizás, ella siempre había sido tan menuda…
-Aldric, saluda a tu padre –dijo ella al fin, enarcando una ceja al oler su almizclado aroma a sudor y cansancio.
-Hola, Elda –saludó el extraño, con voz ronca.


Elda mandó que le prepararan el baño en las cuadras.
-No entrarás en mi casa oliendo así. Y, por cierto, voy a quemar esas ropas a las que pareces haberles cogido tanto cariño.
Ocho cubos de agua hirviendo, siete de agua fría, un par de pastillas de jabón con lejía, una botellita de perfume, un espejo, una navaja de afeitar, calzoncillos de suave algodón, una túnica nueva de lana verde, calzones negros, unas botas que aún recordaba haberse dejado allí antes de la última despedida… Elda habría sido un buen oficial de campaña. Pensaba en todo.
El extraño no recordaba su último baño. Miró con aprensión la bañera llena de líquido humeante.
-No entrarás en mi casa… recuérdalo.
Elda salió de las cuadras cerrando la puerta con pestillo… por fuera.
Un caballo a su izquierda relinchó, evidentemente se reía de él.
Con un suspiro de resignación, el extraño se rindió a los designios de una esposa tirana.
Dos horas más tarde, debía reconocer que se sentía mucho mejor.
Era bueno llevar ropa limpia, y no oler a sangre y a cosas peores…
Se miró en el espejo, tratando de reconocerse en el extraño que le miraba desde su reflejo.
37 años. Más de la mitad de su vida la había pasado arriesgándola sin recibir a cambio poco más que limosnas… cuando había tenido la suerte de recibir algo. De hecho, sólo una vez recordaba haber ganado algo de valor… aunque no era el castillo más bonito del mundo, ni tampoco la esposa más cariñosa. Pero durante un tiempo había sido feliz, o todo lo feliz que puede ser el hombre más cenizo y con el sentido del humor más extraño del reino, Elda dixit.
Oyó crujir una tabla a sus espaldas y se giró, llevándose la mano inconscientemente a la cadera… de la que ya no pendía su desangelada espada.
Era el niño. Aldric. Su hijo.
Reconoció en él sus propios ojos oscuros, el cabello negro, rebelde y ondulado… pero la ceja enarcada con aire impertinente era toda de Elda… y también su piel blanca y su belleza.
Algún día sería un hombre guapo… y además sabía leer, que ya era más de lo que sabía él, que le triplicaba ampliamente en edad. Ese sólo hecho le hacía sentirse orgulloso de él.
Y poseía una potente voz. Si no podía ganarse la vida de otra manera, lo haría bien como pregonero…
-¿De verdad eres Almondis de Grott, mi padre? –preguntó el niño, con voz solemne. A pesar del cambio de aspecto, aún no se le veía convencido del todo. La primera impresión sería difícil de borrar…
-Así me llamaban en otro tiempo –respondió Almondis con su voz rasposa, poco acostumbrada a la cortesía… y a hablar, en general.
La ceja de Aldric se alzó de nuevo.
-¿Te llamaban? ¿Y cómo te llaman ahora?
Almondis suspiró y frunció el entrecejo, como si necesitara pensar en la respuesta.
-La verdad es que hace tiempo que nadie me llama de ninguna manera. Llevo solo mucho tiempo, muchacho.
Aldric asintió, como si esa fuera suficiente respuesta para él.
-Mamá ha dicho que puedes entrar en casa si ya estás presentable… y que no se te ocurra llevar nada apestoso, o que os echará a ti y a lo que quiera que lleves de una patada en el culo.
Almondis abrió los dedos y se levantó, dejando caer al suelo el hato con sus souvenirs de guerra. En un último acto de rebeldía, lo tomó y lo deslizó dentro de su túnica, asegurándolo con la cinta de los calzones.
-Será nuestro secreto, ¿de acuerdo? –dijo guiñando un ojo en dirección a su hijo.
Aldric se encogió de hombros, lavándose las manos.
-A mí no me metas en tus chanchullos, padre. Diez años de vida me han bastado para aprender que no se debe jugar con el olfato ni con la paciencia de mamá. Yo de ti lo dejaría. Te juro que nadie te robará nada.
Almondis vaciló y finalmente dejó caer el pequeño paquete, que cayó con un lastimero ruido metálico.
Aldric sonrió con suficiencia y precedió a su padre hacia la casa.
A esas alturas, todo el castillo se había enterado de que el marido de la señora había vuelto, y todo el mundo simulaba tener tareas pendientes en el patio para poder echarle un vistazo.
Desde luego, nadie que lo hubiera visto apenas dos horas antes lo reconocería ahora en el hombre que seguía al joven Aldric.
Elda, desde luego, se llevó una buena sorpresa al verlo.
Era increíble lo fácil que se puede llegar a olvidar el rostro de alguien ausente durante casi diez años.
Sobre todo cuando se está casi completamente convencida de que ese alguien jamás va a volver.
Primero había luchado contra los monstruos, en su mayoría, criaturas que muy pronto se hubieran extinguido por sí mismas.
Y luego esa tonta guerra… habían muerto tantos y tantos hombres valerosos. Muchos de ellos eran mejores guerreros que Almondis… y sin embargo, él había sobrevivido… quizás porque, como decía su padre, el mismo cabrón que se la había regalado después de que el caballero errante le salvara del apetito caprichoso de un dragón, ese tipo no sólo tenía más vidas que un gato… es que era capaz de engañar a la propia muerte con su labia…
Curiosamente, apenas había pronunciado diez palabras desde su llegada… Quizás hasta alguien como Almondis era capaz de madurar después de ver tanta sangre derramada inútilmente.
O quizás sólo estaba cansado.
Mientras los miraba venir, a su hijo y al padre que lo engendró en la noche más dichosa de su vida, Elda se preguntó qué sería de ellos ahora.
Si serían capaces de retomar sus vidas donde las habían dejado.
Si él sería capaz de asentarse.
Y sobre todo… si a ella le apetecía que lo hiciera.


Almondis esperaba que su hijo le preguntara cosas de la guerra durante la comida. Es lo que haría cualquier niño de su edad. O eso creía él.
Pero Aldric no preguntó nada. Se limitó a tragar lo que tenía delante de él con un apetito envidiable sin apartar la vista del libro que leía.
Podía verle agrandar los ojos de asombro ante lo que leía, reír… suplicar “un poco más, mamá”, cuando Elda le decía que dejara el libro, que la mesa no era el lugar indicado para leer, que era desconsiderado hacerlo delante de… su padre.
Almondis rebuscó en su cabeza, deseando poder decir algo que llamara la atención de su hijo. O la de su esposa, que lo ignoraba delicadamente.
Desde la seguridad de su patente invisibilidad, Almondis se dedicó a analizar sus sentimientos ante semejante bienvenida.
No era que le reprochara a Elda su frialdad.
Ella nunca había sido del tipo cariñoso, su pasión era más bien salvaje. Si había algo que le gustaba recordar durante las frías noches de ausencia en algún sucio campamento, la noche antes de una batalla, era su risa grave en las noches de invierno, cuando trataba de seducirla contándole historias picantes. Ella siempre se hacía la dura, pero Almondis siempre sabía cuándo había captado su interés con alguna hazaña especialmente escandalosa. Sus ojos azules brillaban, haciéndose más y más oscuros, sus blancas mejillas se coloreaban ligeramente y sus labios de rosa… recordaba especialmente lo que esos labios eran capaces de hacer… y lo que él era capaz de hacer para lograr arrancar una sonrisa de esa boca ahora tirante.
Mientras cada uno rumiaba sus pensamientos y el niño los ignoraba a ambos, podría decirse que la comida transcurrió en una calma tensa.
Aldric se escapó con su libro en cuanto su madre le dio permiso.
-Padre –dijo el niño con una ligera inclinación a modo de despedida.
Almondis se sorprendió ante la naturalidad de aquel gesto… si al menos Elda se mostrara una décima parte de dispuesta a aceptarle…


Una criada de aspecto tan limpio y eficiente como su ama recogió la mesa y plantó delante de él una botella de vino con una copa.
Almondis se preguntó si era un gesto de bienvenida o una ayuda para la que iba a caerle encima. Porque era evidente que los ojos azules de su esposa se estaban preparando para una tormenta…
-¿Qué va a ocurrir ahora, Elda?
Almondis no supo que había hablado en voz alta hasta que escuchó su propia voz. Esa voz que había sonado por última vez en ese salón hacía casi diez años.
Elda enarcó una ceja, queriendo aparentar estar más tranquila de lo que realmente estaba. La delataba el abrir y cerrar espasmódico de su mano derecha, y el golpeteo de su pequeño pie contra la estera de juncos frescos del suelo.
-Supongo que depende de ti, Almondis de Grott.
-¿De mí?
Los ojos de Elda brillaron con una emoción intensa desde el otro lado de la sala.
-De si decides quedarte… o no –la voz se quebró justamente al final.
Elda estaba realmente sorprendida consigo misma.
Y escandalizaba por su propia debilidad.
¿Cuántas veces había jurado y perjurado que no volvería a dejarle entrar en su casa, en su lecho? ¿Cuántas veces?
¿Cuántas veces había aceptado a otros en su lecho, buscando una pizca de la luz que él le había aportado a sus noches?
¿No era absurdo darse cuenta después de diez años de que nunca había sido capaz de olvidar a ese sinvergüenza?
Almondis habría deseado tener su espada a mano para poder apoyarse en su frío acero. Lo había hecho tantas veces… y además sabía que lucía muy atractivo cuando lo hacía.
Pero Elda siempre había detestado las armas, recordó de pronto. Seguramente, ese castillo era el único en todo el reino donde sería imposible encontrar un filo más grande que el del cuchillo de trinchar.
-¿Por qué has vuelto, Almondis?
En otro tiempo había sido un tipo con labia… había dormido muchas noches en un suelo seco o en un cálido lecho gracias a su rápida sonrisa y a un cumplido dicho a tiempo. No en vano había recibido a Elda y ese castillo como recompensa gracias a su facilidad de palabra, cuando el padre de la joven se había negado a pagarle un precio justo por salvarle de aquel dragón desdentado. Al final el viejo había acabado dándole las gracias más efusivamente por librarle de una hija de lengua afilada que por salvarle la vida. Pero los años de guerra habían acabado con esa parte de su personalidad, quizás la más superficial, pero también la más sociable de su carácter. Era tan práctica en una situación como aquella…
Sencillamente, ya no sabía cómo hablarle a su esposa. Deseaba recobrar aquella lengua vivaz para explicarle sus motivos para volver… porque había vuelto por ella. ¿Por qué si no? Desde luego, no por las feas gárgolas, ni por el retrato del padre de Elda que aún presidía la sala de recibir… y que ella usaba como blanco para los dardos.
-Te echaba de menos –respondió al fin, con una voz y un tono tan alejados de su antigua ligereza que Elda no supo muy bien cómo tomárselo.
La verdad era que no conocía a ese hombre.
Almondis había pasado más tiempo lejos de su hogar que el que había pasado con ella y con su hijo. No andaría desencaminada si dijera que ese hombre era para ella un completo desconocido…
-Te echaba de menos –repitió él, con voz apenas más alta, sonriendo-. Y porque tú sabes muy bien que soy un desastre sin ti.
Elda sintió la sangre rugir en sus oídos. Las manos se cerraron con fuerza atrapando y arrugando la tela de su vestido.
-Maldito capullo –replicó con la voz ahogada por las lágrimas.
Lloraba, y sin embargo, no se sentía triste.
Un peso que había llevado mucho tiempo sobre su corazón, sin saberlo, desapareció, dejándola respirar como no lo había hecho desde el día que él se largó sin apenas mirar atrás.
Lloraba porque había reconocido esa sonrisa.
Y ella jamás había podido resistirse a aquella sonrisa.
Y Almondis lo sabía. Quizás había olvidado muchas cosas, demasiadas, pero recordaba muy bien cómo conquistarla.
Avanzó hasta que pudo tomarla entre sus brazos por primera vez en casi diez años.
Ella aún olía a violetas, y aún cabía perfectamente en el hueco entre sus brazos.
Elda lo abrazó, sabiendo que al abrazarle esa noche encontraría nuevas cicatrices, que tendría que luchar para alejar de él las sombras que se ocultaban tras su mirada.
Pero él le había sonreído.
Como antes.
Como siempre.
Y sólo por aquella sonrisa merecía la pena olvidar aquellos diez años de penas, guerras y soledades.
Mientras abrazaba a su esposa y se hacía a la idea de que no tenía ni idea de cómo viviría de ahora en adelante, el extraño se sintió feliz al fin.
Porque Almondis de Grott, señor del castillo de Piedra Oscura, al fin había vuelto a casa.
"El valor es como el amor: necesite un esperanza que lo alimente" (Napoleón)
Imagen
Imagen
Umli
Yugaroi(Administrador)
 
Mensajes: 731
Registrado: Mar May 10, 2005 4:15 am
Ubicación: Madrid

Volver a Relatos

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: Bing [Bot] y 1 invitado

cron