I Concurso de Relatos: "La Guerra de Lust"

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I Concurso de Relatos: "La Guerra de Lust"

Notapor Umli » Mié Dic 03, 2008 4:20 pm

Autor: Spartan George

- Llanura de Gladii, Hicarnia

Peucestas miró al frente. Ambos ejércitos ya habían tomado posiciones, uno frente a otro, impasibles. El sol arrancaba destellos de los yelmos y de los escudos, cociendo a los soldados bajo las pesadas corazas de metal y las gruesas capas de piel curtida.

Epaminondas, el general del ejército bardiano, pasaba revista a sus tropas, arengándoles desde lo alto de su caballo:

- ¡Soldados! ¡Ciudadanos de Bardia! ¡Cualquiera de vosotros podría pronunciar estas palabras mucho mejor que yo! - el general se detuvo un momento, mirando a sus hombres. Siempre se le había dado bien la oratoria - Hoy estáis aquí para luchar por vuestras familias y vuestros hogares, por vuestra ciudad y vuestros amigos. Hoy estáis aquí para luchar por vosotros. ¡Y vosotros sois los mejores! ¡Sois los más fuertes! ¡Pues no hay acicate más fuerte que la libertad que defendemos! ¡Hijos míos! ¡Hoy...!

Su discurso todavía duró un rato. Peucestas escuchaba las palabras de su general, impasible, con la lanza en alto y el escudo apoyado sobre las rodillas. Miró al ejército enemigo. Seguro que alguien estaría intentando convencerles para que fuesen a ensartarse en las picas de los bardianos.

Peucestas formaba en la primera fila, a la izquierda, casi al final de ella. Al lado de la infantería pesada en la que él militaba, se extendía el escuadrón de la Caballería Popular, guerreros duramente entrenados cuya misión en la vida era proteger a su ciudad. Montaban en caballos enormes, muy fuertes, pero poco propensos a aguantar largas marchas. Estaban protegidos con placas de metal unidas entre sí, que, aunque entorpecían sus movimientos, defendían sus flancos de los hierros enemigos. Contando esto, más las capas de cuero, lino y metal que cubrían a sus jinetes, llevaban cerca de cuarenta libras de peso encima. La caballería portaba pesadas espadas que tenían que manejar a dos manos, ya que no necesitaban ningún tipo de escudo debido a su armadura.

A la derecha de Peucestas se encontraba el batallón de los doscientos guerreros hicarnios. Éstos soldados de élite llevaban hachas de bronce de doble filo, forjadas mediante una técnica que solo ellos conocían. Junto a las hachas, portaban escudos redondos, también de bronce, con el emblema de su ciudad grabado en oro. Se distinguían del resto del ejército por sus capas escarlatas y los yelmos con altas cimeras negras.

Peucestas, que había nacido en la ciudad de Lamia, cerca de Hicarnia, observó de reojo a los guerreros. Miraban al frente sin pestañear, como si sopesasen cual era la mejor forma de acabar con el enemigo (y a buen seguro lo estarían haciendo). Al llegar la hora de entablar batalla, la infantería pesada, más maniobrable, protegería los flancos débiles de los hicarnios, que a su vez serían defendidos por una compañía de caballería.

Epaminondas ya había dejado de hablar. Después de pasar trotando con su caballo por delante de sus hombres, bajó la espaday esperó al enemigo.

El otro ejército, similar en organización al de los aliados bardianos, avanzó lentamente. De entre sus filas se adelantaron a la carrera unos guerreros de tez oscura que lanzaron unas enormes jabalinas. Algunos gritos de alarma, y unos pocos de dolor, se oyeron entre los hombres de Epaminondas.

Los arqueros bardianos, como respuesta, dispararon varias andanadas de flechas negras hacia el cielo. Estas cayeron con un sordo repiqueteo sobre los escudos de roble de los enemigos, entre los que cundió el pánico cuando descubrieron que las puntas de hierro que se les clavaban estaban untadas de veneno. Aún así, los soldados no se detuvieron, sino que siguieron avanzando inexorablemente.

Peucestas miró hacia delante. En la parte derecha de las filas enemigas se abrió un pequeño pasillo. Al fondo, se vislumbraba una tienda negra. La tela de ésta se abrió, y entre las sombras se destacó una criatura reptilina, del tamaño de un bisonte, con unos cuernos retorcidos y humeantes, y la cabeza cubierta de escamas alzada con una expresión desafiante. Kalro, el general de los enemigos sogdianos, hizo una seña al monstruo, que echó a correr hacia el ejército bardiano.

Epaminondas, mascullando, alzó su espada y dirigió a la caballería hacia la bestia, desviándose de su plan inicial de utilizar a los jinetes para flanquear la infantería enemiga.

Peucestas observó el combate en silencio. A pesar de que la criatura se defendía con bravura, la caballería consiguió reducirla. Mientras Epaminondas intentaba reorganizar al escuadrón de caballería ligera, el ejército sogdiano, que había de tenido su marcha, volvió a avanzar.

Peucestas vio como Epaminondas era rodeado y se abría paso a tajos y estocadas hasta llegar con sus soldados. A una señal del corneta, Peucestas comenzó a avanzar lentamente dentro de la formación. Cuando ya estaba tan cerca del enemigo que podía distinguir los rasgos de los soldados sogdianos, levantó en vilo la lanza de madera de tejo, proyectando sus ocho codos de longitud hacia delante, y embrazó el escudo, a la vez que arrancaba a correr. Sintió que el furor del combate le embriagaba cuando se unió al feroz grito de guerra que profiríó el ejército:

- NIKEEEÈI!!!

En lugar de aminorar la marcha, que habría sido lo más sensato, los dos ejércitos aceleraron aún más, entablando un brutal choque que sonó como un árbol tronchado cayendo al suelo. Peucestas golpeó a su enemigo con el escudo, y cuando el sogdiano intentó desembarazarse del obstáculo, le buscó el cuello con la lanza, salpicándose el rostro con la sangre de su contrincante y gritando con salvaje alegría.

***

- En algún lugar cerca de Gólgota

Las dos criaturas se miraron fijamente, agachadas, con todos los músculos del cuerpo en tensión. Una de ellas bajó la vista hacia el suelo, mirando el pequeño nido por el que disputaban, y luego observó al otro ser. Los huevos que se encontraban en el nido pendían peligrosamente de la rama, y era muy difícil encontrar una comida tan apetitosa en esos parajes.

El primer ser avanzó lentamente hacia los huevos y el otro le imitó. Cuando ya estaba a punto de coger la comida, el segundo trastabilló, inclinando la rama y provocando que el nido se cayera. Como un relámpago, bajó a toda velocidad por el tronco del árbol y, tomando impulso, saltó hacia los manjares, recogiéndolos con su larga lengua. La primera criatura, que apenas había tenido tiempo de reaccionar, contestó a su acrobacia con un gruñido furioso, por lo que el otro decidió guardar el alimento para dar cuenta de él en su refugio.

Aquel ser arrancó a correr, pero el primero le saltó encima, aplastándole contra el suelo. Rápidamente, clavó sus afilados colmillos en el cuello de su presa, que se retorció entre espasmos de dolor. El depredador siguó mordiendo hasta que su desafortunado enemigo quedó totalmente inmóvil. Cuando comprobó que el otro estaba muerto, se levantó y empezó a arrastrar el cuerpo exánime de su víctima.

Cuando había avanzado unos pasos, se detuvo de pronto. Llevándose las manos al cuello, extrajo un dardo alargado, de unos cinco dedos de longitud. Después de mirar atónito la punta, manchada de una sangre verde y viscosa, se desplomó en el suelo.

Un hombre salió de entre unos matorrales con una caña hueca en las manos. Tenía un aspecto feroz, vestido tan solo con unas pieles raídas a modo de túnica, y con el pelo y la barba desgreñados y desaliñados. Se acercó a ver la pieza que se había cobrado, guardándose el arma en la túnica. Cuando la examinó, gruñó de satisfacción y, sentándose en el suelo, le arrancó un brazo a la bestia, devorándolo totalmente crudo.

El viajero, que había estado observando la escena anterior oculto detrás de una pequeña loma, no pudo reprimir un grito de repugnancia al ser testido de semejante salvajada. El cazador se levantó, sorprendido y buscó el origen del ruido. Su mirada fue a posarse directamente sobre el montecillo donde se escondía el viajero.

Éste, pensando que no tenía nada que perder, se levantó y fue hacia el salvaje, que le observó con más curiosidad que miedo.

- Keiné klosa, qurus moi duae?

El viajero, para su sorpresa, entendió lo que le dijo el hombre, y le contestó en el mismo idioma, cargando las frases de aspiraciones guturales.

- Mias kolva kurul kani meine ñándi. Muru siqua todi karro.

- Moira. Kasei meine.

El viajero obedeció al nativo y le siguió en silencio. El hombre le llevó por un camino imposible de distinguir entre la hierba que invadía la tierra, dirigiéndose hacia el oeste. Poco a poco, la hierba fue dando paso a la arena, hasta que se encontraron en una seca llanura que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El viajero siguió avanzando sin mediar palabra hasta bien entrada la mañana.

Cuando el sol ya se encontraba en su cenit, el viajero tropezó con algo y cayó al suelo. Sacudiéndose la tierra de la ropa, se acercó a ver lo que había provocado su caída. Al ver un brillo metálico en el suelo, empezó a desenterrar un objeto de hierro. Cuando lo hubo sacado de la arena, vio que era un viejo yelmo de soldado, oxidado por la humedad. En un lado del casco, pudo leer un nombre que había grabado: Peukèstas.

Intrigado, el viajero se lo mostró a su improvisado guía. El salvaje lo observó con cuidado, y al ver el nombre que había escrito dio un sobresalto.

- Cu kalos ieno kloma? - "¿Qué es lo que pasa?", preguntó el viajero.

El salvaje, entre susurros, como si temiese que le oyeran, le contó la historia del yelmo:

"Hace décadas, en esta ciudad se encontraban dos prósperas ciudades: Bardia y Sogda. Ambas habían sido enemigas desde su fundación, y sus habitantes se odiaban a muerte. Un día, un noble bardiano fue secuestrado por los habitantes de Sogda, y torturado hasta la locura. Bardia, como no podía ser de otra forma, respondió matando al primogénito del rey de Sogda en una emboscada.

Aquellos hechos fueron la semilla que llenó el zurrón. Entre las dos ciudades se desató una guerra salvaje, como nunca antes se había visto en la tierra. Batalla tras batalla, las dos ciudades se iban destruyendo y perdiendo su antiguo poderío, y como no había un claro vencedor, ninguna de las dos estaba dispuesta a ceder. En la última batalla de este conflicto, se enfrentaron los gruesos de las fuerzas de ambas ciudades: sería la batalla definitiva.

Ese día, el cielo amaneció totalmente negro, como presagiando una nube de desgracias, y los grajos se arremolinaban en enormes bandadas por encima de los combatientes.

La batalla comenzó, encarnizada y cruel. Los dos bandos atacaban una y otra vez, sin descanso, aniquilándose por completo, hasta que ya no quedaron más que unos cientos de personas en el lugar. El suelo estaba sembrado de cadáveres y moribundos que gemían lastimeramente, pero la lucha no cesaba.

En un momento en que las falanges iban a chocar por enésima vez, un trueno lejano retumbó en el cielo. Ambos contendientes se detuvieron un momento, expectantes, y miraron hacia el este. Nubes tan negras que se distinguían perfectamente en la oscuridad que señoreaba el cielo se acercaban a toda velocidad, movidas por un impetuoso soplo de viento.

Junto a las nubes se podía ver a una figura que agitaba unas enormes alas escarlatas, acercándose cada vez más al suelo. Y por debajo de ella, un ejército de repugnantes criaturas, semihumanas, corría hacia los combatientes.

Cuando el dragón se posó en tierra, de él descabalgó un hombre que era aún más escalofriante si cabe que su montura. Dirigiendo al ejército de humanoides, prácticamente arrasó a sogdianos y bardianos por igual, que, olvidando sus antiguas diferencias, unieron sus exiguas fuerzas para presentar magra resistencia al enemigo común.

Las dos ciudades fueron aniquiladas por el inquietante líder, que se hacía llamar Lust. Los despojos de la batalla quedaron ahí, a merced del pintoresco ejército, sin que nadie se atreviese a enterrar los cadáveres.

Lust condenó a los pocos supervivientes hasta el fin de los tiempos. Les hizo el regalo más cruel que podía hacerles en ese momento: les otorgó el don de la eternidad y les relegó a este páramo desierto para que enloqueciesen de tedio.

Peucestas fue uno de estos supervivientes. Fue condenado a vivir aquí, alejado de sus familiares y amigos, obligado a cazar repugnantes alimañas para poder comer y a huir de los secuaces de Lust, que se dedican a torturar humanos como medio para divertirse.

No te puedes imaginar el dolor que Peucestas lleva sintiendo tanto tiempo, el hastío ante tanta monotonía y rutina. Pero yo sí. Yo sí me lo imagino, viajero. Porque, por mucho que intente olvidarlo, yo soy Peucestas."

El salvaje terminó su relato con la voz apagada y la mirada perdida en el horizonte. El viajero soltó el aliento que había contenido mientras duraba la narración y miró al hombre con pena. El natívo se levantó y enganchó el casco en un zurrón que llevaba colgado a la espalda. Luego, se puso en marcha sin esperar al viajero.

Éste ya se disponía a seguirle cuando oyó un ruido a lo lejos. El nativo pegó la oreja al suelo y miró al viajero con una expresión asustada.

- Wegauen noilk luguien!

El viajero echó a correr hacia unos montecillos que le había indicado el salvaje, pero en seguida se volvió hacia el origen del ruido. Ahora que estaba más cerca, pudo apreciar que lo que sonaban eran los cascos de un caballo al galope.

El nativo sacó una especie de ballesta de algún lugar entre sus ropas y la cargó con unas flechas negras y alargadas. El sonido ya estaba muy próximo a ellos, y se veía una nube de polvo a lo lejos. Poco a poco, el polvo permitió ver a varias figuras que se acercaban a toda velocidad. Una de ellas iba montada a caballo, mientras que las otras le seguían corriendo a cuatro patas, a una velocidad inhumana.

El viajero se dio la vuelta al ver que no conseguiría huir, y se acercó para ayudar al salvaje. Cuando estaba sacando su espada, se fijó en los seres que les perseguían: eran similares a los dos que había visto antes, pero más grandes y desgarbados. El nativo le confirmó que eran servidores de Lust, y que los de antes eran jóvenes, mientras que estos eran ya adultos.

Las criaturas ya casi habían llegado a su altura. Mientras dos de ellas se adelantaban y saltaban sobre sus presas, las demás cargaron con piedras unas hondas de cuero que llevaban en la mano. El salvaje abatió a uno de los cabecillas con una flecha, mientras que el viajero atravesó el gaznate a otra con su espada. Pero las criaturas habían conseguido ganar tiempo, y ya tenían a sus víctimas totalmente rodeadas.

El viajero se volvió, indeciso, sin saber a quién atacar, y quedó espalda contra espalda junto al salvaje. Al unísono, todos los seres empezaron a cantar, con un chirrido que invadía los oídos, y el viajero cayó al suelo, soltando la espada y llevándose las manos a la cabeza. En ese momento, notó un golpe en la sien y se hundió en la negrura.

***

- Espero que hayas dormido bien.

La voz sono directamente dentro de la cabeza del viajero. Cautelosamente, levantó la cabeza y miró a su alrededor. Estaba en una habitación espaciosa, sobria, con las paredes pintadas de negro y el suelo blanco. Una estrella invertida de color rojo adornaba el centro de la sala, que parecía estar totalmente aislada del exterior.

El viajero se levantó y se palpó la cabeza. Tenía una fea hinchazón encima de la oreja, pero todo lo demás parecía estar en su sitio. Se miró el resto del cuerpo. No estaba atado ni encadenado, buena señal.

- Siento el tratamiento que has recibido por parte de mis siervos. Les dije que eras un huésped de honor.

El viajero, asaltado por un mal presentimiento, se dio la vuelta. La voz le resultaba familiar, y había detectado un frío odio disimulado por el sarcasmo de las palabras. En un vértice de la estrella, había un hombre en pie, ataviado con una larga capa negra que le cubría hasta los tobillos, ocultando sus calzas de cuero. Tenía el pelo largo y oscuro, tapándole la mitad de la cara. Su único ojo descubierto taladraba al viajero, que se había quedado helado al reconocer a su interlocutor.

- ¿Qué te pasa hermanito? ¿Tanto rencor me guardas que ya no quieres ni saludarme? - dijo sonriendo siniestramente.

El viajero le miró con repugnancia:

- Ya no eres mi hermano, honorable Lust - dijo, pronunciando el nombre con mucha zumba - No lo eres desde hace mucho tiempo.

Lust se rió de él. En ese momento, al viajero le vinieron a la cabeza todos esos recuerdos que había olvidado gracias al chamán que habitaba más allá de las montañas de Fauza. Recuerdos que el viajero siempre había intentado reprimir: su nombre, su origen, su pasado... Había olvidado toda su vida anterior excepto aquello que más odiaba: su hermano pequeño.

- Vaya, así que ya te acuerdas de todo - dijo Lust al ver su mirada. - Así que también recuerdas como matarme, ¿no? En ese caso, te propondré un trato.

Su hermano le miró con desconcierto. ¿Que se traía Lust entre manos?

- Llevo varias décadas asentado en este pobre lugar, elaborando un plan para señorear la tierra.- prosiguió Lust con una expresión hierática -Pensarás que es un poco típico y engreído, pero sé que va a funcionar. Te ofrezco unirte a mí, hermano. Juntos seremos los dueños el mundo.

El viajero negó con la cabeza. No, nunca se uniría a su hermano.

- Tú y tu moralidad, hermanito - se rió Lust de él.- Bueno, en cualquier caso, me veo obligado a advertirte de que, si intentas matarme, tú también morirás.

El viajero miró a Lust. Dudaba mucho de las afirmaciones de su hermano, capaz de cualquier argucia con tal de conseguir sus objetivos. Entonces, hizo algo insospechado. Se acercó a su hermano y le tendió la mano.

Lust se la estrechó, esta vez con una sonrisa sincera. Como un relámpago, el viajero tiró del brazo de su hermano, atrayéndole hacia él, y le clavó el puñal que llevaba escondido en el cinto entre las costillas, justo en el corazón. Lust se revolvió un momento, y gritó de dolor, pero su hermano siguió apretando. Al final, su cuerpo inerte cayó al suelo, donde, ante el asombro de su hermano, se deshizo en vapores negros.

El viajero arrojó el puñal, que había empezado a corroerse con la sangre de Lust, a un lado, y atravesó el círculo estrellado, pensando en las amenazas sin fundamento de su hermano. Justo cuando posó un pie fuera de la estrella, sintió arcadas y se dobló por la cintura, vomitando sobre las baldosas de mármol blanco. En pocos segundos estaba tirado en el suelo, con la ropa manchada por los cuajarones negros de sangre que vomitaba. Después de unos minutos de insufrible dolor, su cuerpo dejó de sufrir espasmos y se quedó totalmente inmóvil sobre el suelo helado. La mente del viajero todavía aguantó unos segundos más, y la última imagen que vio fue a su hermano, riéndose a mandíbula batiente y apuntándole con el dedo descarnado de la muerte.
"El valor es como el amor: necesite un esperanza que lo alimente" (Napoleón)
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