II Concurso de Relatos LEDF: "Peón de negras"

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II Concurso de Relatos LEDF: "Peón de negras"

Notapor Umli » Sab Ago 01, 2009 2:07 pm

Autor: Alkia

A veces me pregunto qué hubiera pasado si el viejo mago no hubiera malgastado sus fuerzas con aquel último hechizo.
Quizás hacerle usar sus últimas fuerzas en recalentar aquel pollo del día anterior para cenar no había sido una de mis mejores ideas.
Claro que tampoco lo había sido acoger a un crio piojoso que no hacía más que estorbar… y que además se había comido casi todo el pollo requemado.
Por no hablar de esa afiladita que mi espada necesitada más que el comer…
En cuanto a mis dos últimas monedas gastadas en aquella posadera no fea del todo… nadie conseguirá que me arrepienta de ello.
-Deja de pensar en los gamusinos y concéntrate –le gruñó un anciano con barba encrespada de un llamativo tono turquesa-. Si no me proteges, no conseguiré extraer la suficiente magia de la tierra como para lograr que tú puedas volver a disfrutar de otra de tus putas.
Puse los ojos en blanco, escupí al suelo, maldije a los dioses eternos… pero alcé mi espada para proteger a Eldrin. Al fin y al cabo, era mago… y sus trucos trasnochados eran la única posibilidad de salir de aquello con vida.
Apreté los dientes cuando uno de los rubios norteños se empeñó en que no viera otro amanecer. Es curioso lo feo que puede parecerte un tío guapo cuando frunce el ceño y carga contra ti con todas sus fuerzas.
No es que yo me fije en esas cosas, yo prefiero de lejos una buena retaguardia acompañada de una mejor vanguardia, pero era algo que un viejo amigo solía decirme cuando estaba tan borracho que ya ni siquiera desvariaba.
-Es curioso lo feo que puede parecerte un tío guapo cuando frunce el ceño y carga contra ti con todas sus fuerzas –solía decir mi amigo, normalmente ya a punto de caer redondo sobre el suelo de la taberna, apuntándome con un dedo lleno de grasa de cordero y tratando de enfocarme con sus enrojecidos ojos-. Hasta el mismísimo Guineard de Fork es horroroso cuando se mosquea de veras.
En esas ocasiones yo asentía, dándole la razón, aunque no tenía ni idea de quién era Guineard de Fork.
-Alderic, por el quinto infierno, concéntrate.
Fue nuevamente la voz de Eldrin la que me trajo al sucio presente. Ojalá las guerras no fueran tan sucias ni olieran tan mal. Alcé nuevamente la espada y paré justo a tiempo un golpe destinado a dejarme sin cabeza.
Algunos dirían que eso no supondría una gran pérdida para los Reinos de los Hombres, pero era mi cabeza, y yo le tenía mucho cariño.
El norteño era enorme. Rubio como todos, ojos claros, hombros como el armario ropero de una marquesa y brazos que hacían dos y medio de los míos.
¿Qué diablos les daban de comer sus madres para que se convirtieran en aquella masa de músculos?
Lo peor de todo era que estos norteños no cumplían las reglas básicas de los rubios-grandotes-tontos del culo. Estos eran listos. Y estaban cabreados. Y aquel no era mi mejor día. Ni de lejos.
Durante unos segundos deseé que Eldrin fuera uno de aquellos magos tan poderosos que eran capaces de sacarte de ese tipo de líos con sólo arquear una ceja.
Pero, para variar, no estaba de suerte. Los poderes de Eldrin no pasaban de ser del montón.
Paré mecánicamente otros dos envites mientras me lamentaba de mi negro destino.
En un golpe afortunado conseguí herir al grandullón.
Aproveché que el tío que había intentado matarme se alejaba trastabillando mientras se sujetaba las tripas para echar un vistazo a mi alrededor.
Eldrin estaba a diez pasos a mi derecha, lanzando unos vistosos pero poco efectivos rayos por los dedos.
Unos norteños lo señalaban y se reían sin disimulo, pensando quizá en los viejos tiempos en los que eran tan paletos como para asustarse de esos fuegos artificiales.
-Eldrin, deja esas chorradas y saca tu espada –le grité.
Él me miró con un ceño tan negro como las puntas chamuscadas de su barba, pero me hizo caso. Sacó la espada y les dirigió un par de mandobles bastante bien dirigidos a los idiotas que se habían reído de él. Por un momento, los norteños parecieron unos pollos locos sueltos en un corral, dando saltitos mientras se ponían fuera del alcance de la espada del mago.
Enarqué una ceja, sorprendido. De modo que era cierto que a los magos se les enseñaba también a usar la espada… una buena noticia, si no fuera ya casi demasiado tarde. Ojalá Eldrin se hubiera acordado antes de que sabía usarla.
A mi izquierda sonó un grito desafinado a medio camino entre un alarido y el cacareo de una gallina.
Era el mocoso.
Había sacado una espada roñosa de quién sabía dónde y ahora se enfrentaba a un rubiote que le sacaba al menos tres cabezas.
Luchaba con bravura, observé. No tenía otro remedio que sujetar la espada con las dos manos y perdía pie con facilidad cuando daba un golpe demasiado fuerte. La espada le quedaba grande y estaba desequilibrada, y además el muchacho no tenía ni idea de lo que era una buena defensa. Ni una mala para el caso. Lo único que sabía el jovencito de combates era las guerras de guiñoles que había visto en la plaza de su pueblo.
De pronto, todo acabó.
Mató a su contrincante. No sé si con un golpe afortunado o si sabía dónde golpear para acabar con él.
Pensé absurdamente que al menos a él el pollo requemado le había sido de provecho.
-Espero que no se lo carguen… -murmuré casi con ternura sin darme cuenta.
El canto de una espada me golpeó en el hombro con suavidad, como para llamar mi atención.
Un norteño de al menos dos metros inclinó su rubia cabeza graciosamente, como si me estuviera invitando a bailar en vez de a sacarnos los ojos mutuamente.
Me hubiera reído de haber tenido la ocasión para ello, pero el rubio era tan hábil con la espada como bien educado.
Luché bien, teniendo en cuenta que él era bastante más grande y mejor espadachín que yo. Además hacía dos días que casi no comía, que apenas había dormido y que vivía en una resaca perpetua desde hacía un mes.
Pensé que ojalá tuviera un poco de vino a mano para aclararme las ideas… o para caer inconsciente de una maldita vez.
El rubio me miró con aire aburrido mientras amagaba por la derecha y golpeaba finalmente por la izquierda. Yo era solamente un sureño más para él, una china en su elegante bota. Le importaba un pimiento matarme o no, parecía que lo único que deseaba realmente era perderme de vista de una maldita vez.
Algo en mi alma de animal de rapiña se revolvió.
Sería absurdo morir en aquel lugar (un feo páramo con apenas tres arbustos raquíticos en un radio de un kilómetro a la redonda), en aquella compañía (ni Eldrin ni el mocoso me caían especialmente bien, por no hablar de los norteños), y por aquella causa, que ni siquiera entonces, ni ahora, me importaba un comino.
Me sentía como un peón en una partida de ajedrez jugada por dos monos con corona. Y para más inri, yo jugaba con las negras.
El rubio me trajo al presente al acertarme de refilón en mi brazo bueno. Por suerte, el otro tampoco estaba mal…
Cambié la espada de mano y atajé tres golpes encadenados sin apenas despeinarme el flequillo. Una de dos, o el rubio no era tan bueno como creía, o pasaba de aquello tanto como yo.
Lo miré a la cara y vi una sonrisa cansada en su rostro sin afeitar y con grandes ojeras. Era como mirarme en un espejo deformado. Sólo que mi reflejo era más alto, más guapo y más listo que el yo. Él había sido más precavido que yo y se había hecho con un casco y una coraza que yo le envidié a muerte.
Durante unos segundos el duelo se convirtió en uno de esos mudos combates infantiles en los que pierde el que parpadea primero.
Cómo no, yo parpadeé primero.
Pero, curiosamente, el rubio no me mató. Justo cuando podría haber rebajado mi altura una cabeza entera, bajó su espada e inclinó la cabeza en un gesto demasiado cortés, teniendo en cuenta que me lo dirigía a mí.
-Me llamo Guineard de Fork –dijo el rubio con un relampagueo de dientes justo antes de desaparecer entre sus colegas.
Más tarde lo vi rematando sin piedad a varios de mis compañeros de damero. A mí no me mató, ¿por qué? Me hubiera gustado preguntárselo, pero no tuve tiempo ni de intentarlo siquiera.
No recuerdo nada más de aquella batalla, a excepción del porrazo en la cabeza y de las estrellitas que vi justo antes de caer inconsciente.
Guardo como souvenir de aquel día una cicatriz sorprendentemente fina de quince centímetros en el brazo, un tajo más irregular en las costillas que no me molestado en medir y una brecha en mi dura cabeza, consecuencia del golpe que me dejó seco.
Sí, aún hoy me sorprende haber sobrevivido a aquel día. También sobrevivieron el mocoso y el mago Eldrin con su gloriosa barba, considerablemente más corta y deslucida.
Quizás el mono que jugaba con las negras no era tan tonto, después de todo, o sencillamente los norteños se apiadaron de nosotros.
Supongo que al final ni el mago, ni el pollo requemado, ni el filo de mi espada supusieron ninguna diferencia en el resultado de la batalla.
Perdimos, obviamente. Pero el caso es que sobrevivimos, aunque con algunas costuras nuevas en el traje que los dioses nos dieron al nacer.
Lamentablemente, aquella no fue nuestra última batalla, ni fueron aquellas nuestras últimas heridas de guerra.
Tampoco fue la última vez que crucé mi espada con Guineard de Fork, ese guaperas con tanta suerte como talento con la espada.
Recuerdo que incluso una vez luchamos en el mismo bando. Cosas de la vida…
Los monos que antes se habían enfrentado uno contra el otro, se habían unido esta vez para hacerle la vida imposible a un reyezuelo que decidió meterse en problemas intentando invadir los Reinos de los Hombres.
No fue fácil conseguir que no nos matáramos entre nosotros, algo que, sin duda, el ejército enemigo hubiera agradecido.
Ni norteños ni sureños estábamos contentos con aquella alianza, pero nuestra paga dependía de sobrevivir a aquella estúpida guerra contra un enemigo que no estaba a la altura.
El campamento estaba dividido, aunque las órdenes eran que todos debíamos convertirnos en amiguitos del alma para poder mostrar así una imagen de unión que hiciera al otro ejército darse media vuelta de miedo.
No lo conseguimos ni de lejos, pero esas noches de campamento tuvieron sus buenos momentos.
Allí me encontré con viejos compañeros de los que ya ni siquiera me acordaba.
El mocoso se había hecho mayor. Era muy alto, algo que me hizo sospechar si no llevaría sangre norteña en las venas, moreno como todos los sureños, lo que me hizo suspirar tranquilo, y un espadón colgando de la cadera que todo el mundo miraba con los ojos abiertos como platos.
Me dijo su nombre, pero ya no lo recuerdo, o quizás no le hice ningún caso, para mí siempre será el mocoso, tenga diez años o cien.
Eldrin también andaba por allí. Su barba era ahora color esmeralda adornada con unos absurdos lacitos a juego, señal de que había subido de grado dentro de la orden de magos. Había engordado, pero no parecía más viejo que hacía diez años. Cosas de la magia o de la cirugía, quién sabe.
Fue al tercer o cuarto día.
Estábamos comiendo pollo, algo requemado, pero aún comestible, algo que me trajo unos recuerdos a medio camino entre la ternura y el aburrimiento.
El toquecito de la espada en mi hombro no se hizo esperar.
-Te conozco –dijo una voz a mis espaldas.
No necesité girarme para darme cuenta de que se trataba de Guineard de Fork.
Suspiré, dejé el muslo raquítico a un lado y giré la cabeza para mirarle.
Ojalá me hubiera levantado, porque él era tan alto que al levantar la vista para mirarle, el cuello me hizo un ruidito de lo más sospechoso.
Él lo oyó, obviamente, pero no se rió, como hubiera hecho cualquier buen enemigo, o como cualquier buen amigo, para el caso. Se limitó a mirarme a mí, pasando rápidamente por el mocoso y por el mago, y el pollo.
Se dejó caer a mi lado con un suspiro cansado haciendo más ruido que una comadreja en la cocina de una comadre.
-¿Puedo? –preguntó, señalando lo que quedaba de pollo.
Puse los ojos en blanco. Esos modales me sacaban de quicio.
El mocoso le ofreció lo que quedaba de pollo con una sonrisa y se presentó.
-Guineard de Fork –respondió él con una inclinación de cabeza a modo de saludo.
Todo el mundo se presentó, cómo no. Como si estuviéramos en una taberna a punto de emborracharnos en lugar de en un campamento de guerra, a unas horas de distancia de luchar por nuestras vidas.
-Te recuerdo –repitió el norteño, volviéndose hacia mí, con obvia impaciencia.
Esperaba que me presentara, y yo lo hice, mostrándome tan arisco como siempre.
-Alderic –respondí-. Alderic a secas.
El mocoso comenzó a decir algo para disculpar mis malos modales, pero se calló al darse cuenta de que Guineard de Fork no le hacía ningún caso.
Me miraba pensativo, como si estudiara un posible medio de acercamiento.
Yo lo miré a mi vez.
Había envejecido, como todos. Pero seguía siendo alto, atractivo, quizás aún más con esa cicatriz que le cruzaba la cara. Deseé rencorosamente habérsela hecho yo.
Supongo que al mirarme, él se preguntaba a sí mismo qué diablos había en mí que despertara su interés. Era obvio que ni siquiera él mismo lo sabía.
Yo no había envejecido mal del todo. Alguna cana en mi pelo negro, más arrugas y más mala leche, si cabe.
-Vuestro amigo no es de muchas palabras –comentó Guineard de Fork con una de sus delicadas sonrisas. Todo el mundo se rió, mientras yo entrecerraba los ojos y calculaba la distancia que nos separaba para borrarle la sonrisa de un mamporro.
-Te quiero junto a mí en la batalla –dijo al fin, dejando los rodeos para las comadres.
Yo gruñí como toda respuesta, ni negando ni aceptando.
-¿Eso significa sí? –preguntó el rubiales a Eldrin, que era el único que había seguido a lo suyo.
Eldrin gruñó como toda respuesta, ni negando ni aceptando. Se notaba que éramos del mismo país, ambos hablábamos el mismo idioma.
-Si no quisiera estar junto a vos, ya habría sacado la espada –dijo el mocoso, aguándonos la fiesta.
Guineard de Fork se volvió hacia mí con una ceja enarcada y la enarcó aún más al sorprenderme esbozando una sonrisita de satisfacción.
-Me caes bien –dijo después de unos segundos de evaluación mutua.
-Entonces eres más estúpido de lo que pensaba –le respondí con una de esas sonrisas de lobo de las que volvían locas a las chicas.
Me dio una palmada justo en el lugar dónde me había herido en nuestro primer combate, el muy capullo.
“Me acuerdo de ti”, decía aquella palmada, “Guineard de Fork jamás olvida a un enemigo”, decían sus chispeantes ojos azules mientras se bebía lo que me quedaba de vino.
Fue una noche larga, y el combate del día anterior, más largo aún.
Pero esa es otra historia y no ha llegado aún la hora de contarla
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