II Concurso de Relatos LEDF: "Mediocridad contenida"

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Moderadores: takelu, Alier-mim, Umli

II Concurso de Relatos LEDF: "Mediocridad contenida"

Notapor Umli » Sab Ago 01, 2009 2:13 pm

Autor:Kyon


¿A qué huele el universo?

¿Cómo se hacen las divisiones sin usar calculadora?

¿Si un árbol se cae en medio del bosque sin que haya nadie para oirlo, emite algún sonido?

¿Hasta donde se lava la cara un calvo?

Imaginaros a una persona capaz de resolver semejantes enigmas. ¿Lo tenéis?. Perfecto. Ahora imaginaros a una persona incapaz de encontrarles una solución. Ese soy yo.


De pequeño siempre creí que estaba destinado a ser El Elegido, o, como poco, conocer el mejor y más valioso secreto existente sobre la faz de la Tierra y sus planetas vecinos.

Nunca quise ser un chico normal y corriente. Aunque, dicho sea de paso, siempre actué como tal. Quería ser el primer descubridor de seres sobrenaturales o extraterrestres. Que, desde mi punto de vista, no son lo mismo, aunque se parecen.

Dragones, aliens, unicornios, portales interdimensionales... Realmente no me importaba qué hallar. Simplemente intentaba no ser un habitante más de este planeta ya sin secretos.

Bueno, esta es la conclusión a la que he llegado ahora.

En aquella época, el paso siguiente al "descubrimiento asombroso" -no sé muy bien como referirme al hallazgo de formas de vida ajenas a lo cotidiano de forma rápida y sencilla-, sería salvar al mundo desde las sombras y, posteriormente, llevar una vida total y absolutamente normal por las mañanas, y por las tardes hacer uso de mi situación privilegiada: volar a lomos de mi dragón, jugar a cartas con mis amigos extraterrestres, viajar a través del tiempo...

Sí, no puedo negar que el plan tiene muchos fallos, pero cuando se es joven los planes a largo plazo son algo que no se extiende mas allá del próximo verano. Te crees que vas a ser toda la vida un niño, que jamás tendrás que ganarte las habichuelas por ti mismo y que no hay vida a parte de la del horario escolar. La vida es fácil y sencilla.

Un sueño muy bonito el mío, y que, supongo, compartía con las tres cuartas partes de la humanidad -el otro cuarto pertenece a esas personas que son imposibles de catalogar en ningún grupo y de las que jamás esperas que consigan encontrar pareja debido a sus extrañas formas- Aunque, es muy posible que mi deseo de realizarlo fuera mayor que el de los demás. No me imaginaba a nadie que pudiera desear, exactamente lo mismo que yo, con tanta intensidad.

Sentado en mi pupitre, en clase, me ponía a observar detenidamente los rostros de mis compañeros. Era indudable que ninguno de ellos daba la talla: sus rostros eran demasiado vulgares, no tenían ese halo a su alrededor que los podía distinguir de cualquier otro chico de su misma edad. Yo, desde luego, desconocía si poseía o no ese halo, pero era algo que no me quitaba el sueño. En mi interior sabía que si los alienígenas fueran a tener algún tipo de contacto con algún ser humano, ese sería yo. Seguía un razonamiento muy simple: si alguien tiene que ser el centro del universo -y apliquemos centro del universo como centro de todos los acontecimientos- era muy obvio que tenía que ser yo; no por circunstancias del azar, sino porque desde mis ojos yo era el centro de todo. El centro. Yo era la medida de todas las cosas, todo se relacionaba conmigo; era absurdo pensar que si el árbol que se cae en medio del bosque y nadie lo escucha produce o no algún tipo de sonido. Produce sonido si yo lo escucho, si no lo escucho, entonces no produce sonido. No existe a menos que yo sepa de su existencia. Es un razonamiento muy simple, y que me atrevo a afirmar que todo el mundo ha hecho alguna vez en su cabeza.

Esa era mi forma de ver las cosas: yo soy el centro de todas las cosas y todo se mueve bajo la tutela de mi batuta. Y, en consecuencia, era absurdo pensar que mi sueño sería cumplido por otra persona. Realmente absurdo. Impensable.

Puede parecer que todas estas cosas se notaran en mi estilo de vida y carácter, pero nada más lejos de la realidad. Actuaba como un chico corriente y moliente, que, dicho sea de paso, es lo que era -y soy, joder-.

Y, en contra de mis pronósticos, fueron pasando los años, y con ellos fui creciendo y madurando. Mis ideales perdieron mucha fuerza después de cruzar la barrera de los diez años. Ya con 12, y empezando el instituto, los abandoné definitivamente. No negaré que todavía tenía la esperanza de que pasara "algo", pero ya no era nada que me obsesionara, ni mucho menos.

Veía mi sueño como una lotería. Pero una lotería de la que no comprabas cupones, y de la que muy posiblemente no existiera premio para el ganador.

Es una visión profundamente pesimista, lo sé, pero es que para mí, establecer contacto con seres sobrenaturales era como el delincuente que de pequeño quería ser policía, o astronauta: una anécdota graciosa de la infancia.

Dejemos de hablar de mi infancia, vamos a catalogar mi historia: yo la definiría como un shojo atípico con toques de seinen, o un seinen con toques de shojo atípico, no sabría decir qué género predomina, pero desde luego no es una historia de peleas y acción; mi vida no es tan interesante. ¿Que qué significa eso? Una atípica historia de amor adolescente con toques de historia para jóvenes adultos, o viceversa. Lo demás no requiere explicación.
"¿Qué?, ¿Una jodida historia de amor entre adolescentes que se creen adultos? Yo me voy de aquí" Sé que es lo primero que viene a la mente, a mí también me pasa. Pero alto ahí, sigue leyendo; esto no es la jodida típica historia de los jodidos y requetemalditos cuentos de los jodidamente ponzoñosos cuentos de hadas.

Esta es mi historia, real, aquí la vida no es tan dura como en los dramas ni tan bella como en las novelas románticas. Es una historia apacible, y que, estoy seguro de ello, escrita gana muchos enteros; pudiendo incluso llegar a ser atractiva, pero... a la mierda, nunca podré llegar a hablar objetivamente de mi propia vida. Decide por ti mismo; te invito a soñar con mis sueños, a fantasear con mis fantasías, a amar mis amores y, por qué no, a besar conmigo. Pero también te invito a llorar conmigo, llorar mis desengaños y mis grandes logros. Llora tú, yo no lloro.

Antes de empezar debería explicar dos cosas: vivo en una pequeña ciudad en la que acaban de construir un instituto en una zona mucho más conveniente para mí, está a solo 5 minutos de mi casa andando. Eso significa que voy a estrenar instituto y, en consecuencia, a muchos compañeros. Pero también se cambiarán conmigo bastantes de mis antiguos compañeros, aproximadamente un tercio de la clase, que no son antiguos compañeros, sino que seguirán siéndolo. El hecho de cambiarme de instituto, como es evidente, ha hecho que mi imaginación vuele descontroladamente soñando con encontrar el amor en una de mis nuevas compañeras aún por conocer. No obstante, no tengo grandes esperanzas en encontrar demasiadas chicas guapas; según mis cálculos, habrá 2 chicas guapas de verdad, y luego alrededor de 2 o 3 más que podría considerar monas. Y me considero optimista.

Mi cumpleaños es el 7 de Julio, así que teniendo en cuenta que no he repetido ningún curso, llegamos a la conclusión de que iba a comenzar primero de bachillerato. Ni corto ni perezoso empezaba con los estudios no obligatorios.

Y, finalmente, después de todo esto, llegamos al principio de la historia. Mi historia. El inicio de un nuevo curso en un nuevo instituto. A mis 16 años.

Cómo no, empezaré mi historia en un momento de los más incómodo; un momento en el que deseé la muerte con gran intensidad, uno de esos momentos en los que podrías renunciar fácilmente a todo lo que tienes en la vida con tal de desaparecer. Sí, exacto, fácil de imaginar.



-Lo siento, no estoy interesada.

¿Qué?, joder, tampoco hacía falta ser así, jodida niña. Ojalá no hubiera dado en el blanco.

-Estooo... ¿Qué?.

No me quedaba otra que hacerme el sueco.

-No eres mi tipo.

¿Quieres morir, jodida mala mujer?

-¡Oh!, no, no, no, nada de eso, no me malinterpretes, esas no eran mis intenciones.

Sí que lo eran, pero, ¿hacía falta ser tan directa?

-Bueno, lo siento, me voy que tengo prisa.

¿Y ahora me sales con esa excusa baratera? Podrías haber dicho eso desde el principio, tonta.

-Adiós.

La madre que la parió... Qué puta vergüenza; yo solo le pedí su número ya que íbamos a ser compañeros de clase y tal. Vale que mis intenciones no eran del todo honestas, pero yo le había dicho que solo era para fomentar el compañerismo- que bien disimulo, ¿verdad?-, no hacía falta ponerse así. Joder, y ahora la tendré que ver cada día en la escuela, espero que por lo menos no vayamos a la misma clase.
Dios, creo que lo mejor que me puede pasar ahora sería morir. ¡Fue ella la que pareció que se alegraba al oír que iríamos al mismo instituto!.
¡Bah!, a otra cosa, mariposa. Cuanto menos piense en ello, mejor.


Llegué a casa medio muerto por dentro. Seguía rojo. Me conozco bien, sabía que me iba a durar poco el disgusto, pero hasta que se me pasara todavía quedaba un rato, y saber que me iba a durar poco no me ayudaba en nada. Saludé a mi madre y me metí en mi habitación. Cerré la puerta al entrar. No sabía muy bien que hacer en ese momento, estirarme en la cama y llorar como un descosido era demasiado cursi, y llamar a alguien para contarle mi tragedia era vergonzoso además de cursi. Me senté un rato en el ordenador para conectarme al messenger y evadirme un poco con los problemas de los demás, que, por lo visto, a ellos no les importaba airear; al fin y al cabo, era su amigo.

Al cabo de aproximadamente media hora ocurrió lo de siempre, se propagó el virus de la desaparición entre nosotros. En menos de 5 minutos se fueron 4 personas de las 6 con las que estaba hablando. El siguiente en caer fui yo.

Ya mucho más tranquilo, habiendo vuelto a mi calma habitual, me tumbé en la cama para leer un poco antes de cenar. Ya lo he dicho, me repongo rápido. Pero seguía todavía un poco avergonzado, hasta que no comprobara como iban las cosas en clase no podría relajarme del todo.

Estaba atascado en la lectura de Drácula, la jodida parte del loco me aburría. A ver si de una vez por todas cogía impulso y conseguía terminar de una vez el maldito libro.
No lo conseguí. Mientras iba pasando las páginas, mis ojos se iban cerrando cada vez más y más. Afortunadamente, en el momento en el que ya había soltado el libro y había caído en la dulce tentación del sueño, me sonó el móvil. Sonaba el himno del barça. No me acordaba de haber cambiado el tono de llamada...

Era Thompson.

-¿Qué tripa se te ha roto?- le pregunté amablemente.

-Buff, creo que el apéndice, ¿Me acompañas el médico?- se hizo el enfermo.

-Que te acompañe tu madre.

-Mereces morir por no correr a socorrer a un amigo moribundo. En fin, al lío, ¿Mañana como irás a clase?.

-Con los pies por delante.

-¡Deja de decir tonterías! Me queda poco saldo.

-Haberme llamado desde el fijo.

-Calla ya, ¿Andando o en coche?.

-Andando, soy pobre.

-Gilipollas es lo que eres. ¿A las ocho menos diez en tu casa?.

-¿Qué? En buen primer día hay que llegar como mínimo media hora antes.

-Ok, a menos diez estate listo.

Colgó.

Joder, que soso estaba hoy. Debía ser verdad que le quedaba poco saldo, aunque siempre decía lo mismo cuando le decías de llamar con su móvil; pero luego mirabas y podía tener fácilmente 40€. Y siempre ponía la misma excusa de la emergencia múltiple: "¿Y si me ocurren un cúmulo de catastróficas desdichas? Le tengo aprecio a la vida". Sí, es un argumento muy pobre, pero tampoco es plan ponerse a discutir, mejor nos reímos del chiste y ya llamo yo. No tenía demasiado claro si lo que no quería era gastar o es que no le gustaba hablar por teléfono. Tampoco es que me importara demasiado.

Cambié el tono de llamada por "God save the queen" de los Sex Pistols y bajé a cenar, eran ya las nueve y media.

Y este es el inicio de mi fantastibuloso curso escolar: la primera en la frente, o, humorísiticamente hablando, ¡zas!, en toda la boca.

Qué vida mas triste la mía, de pequeño estuve a punto de convertirme en el Quijote de la fantasía. Ahora mi vida es infumable, demasiado clásica, demasiado vacía. Acedme caso, niños, no os convirtáis en adultos antes de hora. No mola. No mola nada.
"El valor es como el amor: necesite un esperanza que lo alimente" (Napoleón)
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Umli
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